viernes, 28 de agosto de 2009

Adán y Eva (2da. Parte)

Varias personas que conozco me han hecho comentarios sobre el post de Adán y Eva. En realidad era una reflexión inicial y mientras más converso con amigos sobre el tema, más me doy cuenta de lo profundo de los contenidos del mito bíblico.

Según éste, Dios crea a la humanidad y, a pesar de hacer a los hombres y mujeres a su imagen y semejanza para que sean los señores de su creación, no les entrega el don de la conciencia de sí mismos. Sin embargo, les pone un reto: el no probar del árbol del “conocimiento del bien y el mal”. Por el nombre del árbol y su fruto, uno podría pensar que Dios quería mantenernos en la una especie de inocencia infantil, sin embargo, lo primero que sucede al probar Adán y Eva es que éstos toman consciencia de su desnudez, es decir, toman consciencia de sí mismos. Luego, casi de inmediato, empiezan a conocer que existen cosas buenas y cosas malas, descubren que existen unas cosas que son permitidas y otras que no lo son. Desde el punto de vista psicoanalítico, aparecen la culpa y la vergüenza, es decir, aparece el Super-Yo y, con él, la posibilidad de crecer de manera adulta.

Este hecho, en apariencia tan simple, es lo que ha permitido al ser humano generar tabúes, culturas, leyes, organizaciones sociales, etc., y con ello generar tecnología, ciencia, arte, filosofía, es decir, todo aquello que nos ha distinguido de los animales. Cosas que desde la desnudez de la inocencia inicial, casi animal, hubiera sido imposible.

Como en la película Matrix, Dios nos dio a escoger entre la pastilla azul y la pastilla roja: una nos despertaba del sueño y nos revelaba la realidad de las máquinas, y la otra nos devolvía a un sueño idílico pero irreal. En la película, al igual que Adán y Eva, el protagonista Neo también elige la realidad.

Pero toda realidad tiene un costo, y lo que nos dice el mito judío de la creación es que el costo fue la pérdida del paraíso, entendido éste como una vivencia idílica pero no-consciente. Con esta pérdida vino la madurez pero también el dolor. Es el precio que hasta hoy uno paga por aquello que llamamos consciencia. Crecer, madurar, es bueno y es a lo que estamos condenados porque voluntad propia desobedecimos a Dios. Sin embargo, madurar es también un compromiso con la verdad, con la forma de vida que llamamos “adulta”. Y este es un compromiso ineludible, más que con Dios, con nosotros mismos.



jueves, 27 de agosto de 2009

Generación X

Acabo de atender a mi paciente, un joven de 28 años que podría ser cualquiera. No sé por qué tengo tantos problemas con esta generación. Muchos de estos jóvenes, por su edad (entre los 25 y 34 años) caben dentro de lo que yo llamo la Generación X Latinoamericana. Generación X les pusieron los sociólogos en Europa como hace 20 años, el mismo nombre suguiere que son como una incógnita.

Es una generación a la que me cuesta mucho trabajo acercarme, quizá porque yo provengo de aquella generación que andaba en la búsqueda de combatir sus vacíos afectivos llenándolos de utopías sociales y la entrega a los demás. La Generación X no busca llenarlos, se adapta a ellos; re-define el amor o el sexo, el compromiso o la pasión desde el vacío y lo más complicado, desde el silencio. Les es muy difícil hablar de lo que sienten y, por lo tanto, desarrollar su capacidad de disfrutar de espacios íntimos. La intimidad les incomoda tremendamente, prefieren volver a su privacidad, aún cuando ésta esté saturada de fantasías innecesarias.

La defensa de la individualidad es su bandera (lo que no está ni bien, ni mal), pero cargada de un egocentrismo a manera de escudo impenetrable que les protege. Cuando uno logra penetrar esas defensas, que no son muchas las veces, uno se encuentra con personas muy sensibles y bellas, pero que pronto se vuelven a vestir de sus armaduras.

Pienso en cómo las experiencias de la vida nos enseñan a usar determinadas defensas a las que nos acostumbramos y luego nos resultan en una neurosis ya que terminamos usándolas siempre por temor a cómo nos sentimos sin ellas. Una armadura puede ser muy útil en una palea entre caballeros medievales pero muy incómoda para abrazar, amar, comer, dormir o ir al baño. Sin embargo, muchas veces no queremos quitárnosla, como en el caso (pero no sólo de ellos) de estos muchachos.



martes, 4 de agosto de 2009

De cómo Adán y Eva no se adaptaron al frío... (*)

(Gen.: 2, 15-17; 3, 1-24)

¿Recuerdan el relato de la expulsión de Adán y Eva del Jardín del Paraíso? Veamos, luego de los seis días de trabajo de Dios y su justificado descanso en el séptimo día, es decir, el día sábado, el libro del Génesis en la Biblia hace un nuevo relato más breve de la creación, después del cual ambos se unifican en la existencia de Adán en el Paraíso y de cómo Dios le coloca una compañera, Eva.

Como Dios quiere verlos crecer inocentes, les permite disfrutar gratis y a su antojo de todas las instalaciones del flamante Jardín del Edén pero les prohíbe terminantemente comer del fruto del árbol que se encuentra en la mejor parte de su creación. Si alguno de Uds. pensó en el manzano, se equivocaron. El prohibido árbol se llamaba “árbol de conocer el bien y el mal” ó “árbol del conocimiento del bien y el mal”, según la traducción de la Biblia que estemos manejando.

Adán y su esposa Eva andaban desnudos y sin consciencia de su desnudez, felices y disfrutando de la creación divina mejor que en una luna de miel en el Caribe con absolutamente todos los gastos pagados. Pero como lo bueno no puede durar para siempre, tenían que cruzarse con la serpiente quien les abre los ojos a través de la mujer:

“ La serpiente era el animal más astuto de cuantos el Señor Dios había creado; y entabló conversación con la mujer:
―¿Así que Dios les ha dicho que no coman de ningún árbol del parque?
La mujer contestó a la serpiente:
―¡No! Podemos comer de todos los árboles del jardín; solamente del árbol que está en medio del jardín nos ha prohibido Dios comer o tocarlo bajo pena de muerte.
La serpiente replicó:
―¡Nada de pena de muerte! Lo que pasa es que sabe Dios que, en cuanto ustedes coman de él, se les abrirán los ojos y serán como Dios, versados en el bien y el mal.
Entonces la mujer cayó en cuenta de que el árbol tentaba el apetito, era una delicia de ver y deseable para tener acierto. Tomó fruta del árbol, comió y se la alargó a su marido, que comió con ella ”. (Gen. 3,1-6)

Y ambos comieron. Ambos estaban juntos en el encuentro con la serpiente. Ambos estaban juntos y desnudos cuando la mujer tomó el fruto que ambos comieron. ¡Las cosas que uno se entera recurriendo a las fuentes! Confieso que, igual que todos, yo también pensaba que Eva había sido la débil que cayó ante la tentación de la serpiente y que luego, usando sus encantos, convenció al hombre, cuando lo que realmente cuenta esta fábula es que, como aún sucede hoy en día, ella fue más valiente. En fin, ¿y qué pasó luego? La Biblia continúa el relato:

“Se les abrieron los ojos a los dos, y descubrieron que estaban desnudos” (Gen. 3,7)

Parece que el fruto del conocimiento del bien y del mal surtió algún efecto. Ojo, no tanto por el descubrir la desnudez, de lo que siempre es mejor estar al tanto, sino por lo de abrir los ojos.

Lo demás ya lo conocemos. Dios se molestó con ellos y los botó de las instalaciones del recientemente inaugurado Jardín del Edén. Es más, aperentemente lo cerró definitivamente. Además usó un conjuro poco elegante para alguien de su posición:

“Con el sudor de tu frente comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra, porque de ella te sacaron; pues eres polvo y al polvo volverás”. (Gen. 3,19)

Obviamente estaba de mal humor ese día después de tanta chamba, pero... ¡cómo le va a decir eso a sus hijos! Se supone que eran lo mejor de su creación, que eran lo central de su parque de andar inocentes. Apuesto que no era su día. Como sea, los sacó de allí con la consigna de que en adelante debían sacarse la mugre para sobrevivir.

¿Saben? ¡Bien por Eva y Adán! Desde ese día la humanidad se hizo adulta. Optó por la verdad, aunque ésta nos cueste el paraíso.

Uso esta leyenda para decirles que siempre es mejor la verdad que cualquier paraíso cuyo costo sea la ignorancia. Cuántas veces preferimos cerrar los ojos ante el temor de perder algo que nos seduce.

También lo traigo para defender la psicoterapia. Esta me abre la posibilidad de verme realmente a mí mismo, de saber sobre la principal persona para mí: YO. Cuando estoy con un paciente quizá me sientan como la serpiente vendiendo la posibilidad de conocer, de abrir los ojos, de tener la valentía de mirarse al espejo. Algunos al final me dirán que preferían haber seguido ignorantes. Otros, espero que la gran mayoría, dirán que abrir los ojos a la verdad vale siempre la pena. No digo que la psicoterapia tenga la verdad, lo que digo es que al menos nos acerca un poco más a ella, y eso, amigos que me leen, vale mucho más que la ignorancia. Bien por Eva... ¡Ah! ...y ¿saben cuál fue la reacción de Adán? El mismo relato continúa:

“El hombre llamó a su mujer Vitalidad, por ser la madre de todos los que viven”. (Gen. 3,20)

Ellos fueron la primera pareja y como tal optaron por la verdad y el conocimiento del bien y el mal. Era lo mejor que podían dejarle a sus hijos, cueste lo que les cueste... ¡Ahh! y estoy seguro que Dios y la serpiente los miraban complacidos. Su plan había funcionado.



Quino


(*) la frase original "Adán y Eva no se adaptan al frío..." pertenece a Fito Páez, en su canción "Llueve sobre mojado".




Parejas

Hoy tuve la última sesión del día con una pareja que en medio de conversación, como suele suceder, iniciaron una fuerte discusión olvidándose casi por completo de mi presencia. En un momento él le dice a ella: “bueno, pues, las puertas están abiertas para que te vayas si quieres”.

Esta última frase se me quedó grabada y al terminar la sesión me puse a reflexionar un poco sobre ella. Me pregunto, ¿puede el amor cerrar las puertas? si las puertas estuvieran cerradas… ¿sería posible el amor? A mí me parecería más un secuestro que un amor. Pienso que la única manera que el amor pueda florecer es en libertad. Nadie puede retener a nadie en nombre de un amor y decidir en qué momento le abre las puertas para que se vaya si lo desea.

Además, si no fuera así, ¿cómo podríamos estar seguros que la persona que amamos está porque desea estar dentro? Conclusión: el amor sólo puede ser “de puertas abiertas” y no sólo de puertas, también de ventanas y demás, ya que también necesita oxígeno.

Es increíble cómo las personas, de las maneras más sutiles, cerramos las puertas en la fantasía de poder retener el amor.

miércoles, 28 de enero de 2009

Tolerancia y buen corazón

Estuve leyendo un libro de Tenzin Gyatso, más conocido como el XIV Dalai Lama, en el que afirmaba que el mundo actual requiere de mujeres y hombres tolerantes y de buen corazón, definiendo el “buen corazón” como el corazón compasivo. Esto me hizo pensar un poco desde el otro lado del diván.

Yo mismo he tenido problemas con la palabra compasión. Pienso que coloquialmente se confunde con pena. Tener o sentir compasión por alguien es interpretado como tener pena por esa persona. Tenzin Gyatso dice que nada es más lejano de la realidad ya que la compasión es hija de la comprensión ¿de qué? del estado emocional del otro. La compasión es activa porque nos lleva a buscar entendimiento y hasta a la acción de aliviar ese estado emocional. El buen corazón entonces, el corazón compasivo, es el que es capaz de entender el sufrimiento de los demás y, de ser necesario, hacer algo por ayudarle a enfrentar ese sufrimiento. La palabra clave es eso de “entender”. Exige algo más que el sentido común. Algunas veces exige algo de ciencia y casi siempre exige mucho de eso que llaman “inteligencia emocional”.

Por ejemplo ¿cómo podemos sentir compasión por alguien que nos hace daño? ¿cómo una esposa puede sentir compasión por un marido que la denigra? ¿cómo un marido puede cambiar su frustración en compasión por una esposa que no desea tener aspiraciones en la vida? ¿cómo un hijo puede sentir compasión por un padre que es infiel a su esposa? La respuesta: sólo a través del entendimiento. Del entendimiento del estado emocional de estas personas y del sufrimiento que buscan evitar con tales conductas. Sólo así podremos estar preparados para ayudarlos o poner los límites adecuados sin ningún tipo de rencor, si es necesario.

En este punto no puedo evitar pensar en mi trabajo como terapeuta. Es exactamente eso mismo. Quizá estoy descubriendo que ser terapeuta no es otra cosa que tener un corazón compasivo, compasivo pero inteligente y que trate de ayudar a los pacientes a encontrar el camino del re-descubrimiento de la compasión, sobre todo de la compasión hacia sí mismos.

En cuanto a la tolerancia, quizá debamos admitir que en el mundo actual es algo que hace mucha falta. Los ricos no toleran a los pobres, los flacos a los gordos, los straights a los gays, las mujeres a los hombres, los hombres a las mujeres que piensan, los blancos a los negros y, en general, nos toleramos poco a nosotros mismos.

A veces pienso que existen dos tipos básicos de intolerancia: a la angustia y a la frustración. La primera es la que nos hace intolerantes a las diferencias, es decir, la angustia que sentimos ante las diferencias (quizá por el miedo a reconocer partes nuestras reflejadas en los demás) y el deseo de evitarla a toda costa es lo que nos hace intolerantes. La otra, es la que nos hace reaccionar mal ante nuestras propias frustraciones e impotencias.

Pienso que vivimos evitando el displacer y buscando sólo el placer. Bion, el psicoanalista inglés, decía que sin embargo tolerar la frustración era lo que nos hacía más seres pensantes. Me pregunto si no tendríamos que acostumbrarnos a un cierto nivel de frustración que, de manera sana, nos haga mejores seres humanos.

Veo a mi alrededor y reconozco un mundo que se globaliza pero que no abre sus puertas a aceptar las diferencias entre todos. Las Iglesias se vuelven más fundamentalistas y menos tolerantes; generamos estándares de belleza de acuerdo a un patrón que imponemos universalmente para vivir la fantasía de eliminar las diferencias. Las parejas siguen buscando “almas gemelas” como una forma de ocultar sus defensas narcisistas que no es otra cosa que la negación de la angustia que nos causan las diferencias entre los seres amados.

¡Cuánta razón tiene el Dalai Lama! Quizá los terapeutas debamos también pensar en esto.

El ¿loco?

Desde los 15 años de edad tengo un vicio: correr por las mañanas. No es el único vicio que tengo peo es el más largo en mi vida. Esta mañana, mientras corría, como a las 6:30am pasaba por el parque Domodossola en Miraflores y no podía evitar sentir algo especial: el aire frío de la mañana con el sol del verano, el mar y el verde precioso del parque. En una banca vi un hombre algo mayor fumando un cigarrillo a esa hora de la mañana y hablando solo. Pensé "pobre señor, estará loco". Volví a pensar, ¿quién está más loco él, que está aquí viviendo esta experiencia de belleza de la mañana, o los que se la están perdiendo?

¿Qué es la cura?

Hoy una paciente me preguntó si yo podía decir que era feliz. Tuvo el impulso de contestarle con un rotundo si pero opté por decirle que la felicidad era un balance que en mi caso definitivamente daba positivo. Este incidente me hizo pensar sobre mi rol como terapeuta. ¿Qué es salud mental? ¿qué significa ayudar a un paciente? Vuelvo a pensar en el tema de la “cura” en psicoterapia y me reafirmo en que no existe cura sin crecimiento como ser humano. Muchos de mis colegas del psicoanálisis discreparán pero hasta la fecha no he podido hacer la separación entre ambas cosas. Y ¿qué sería crecer como ser humano? Definitivamente no sería acercarse a un modelo estandarizado de persona como resultado de la desaparición absoluta de los síntomas neuróticos.

La psicoanalista francesa de origen neozelandés, Joyce Mc Duogall, en su “Alegato por una cierta anormalidad” dice que es perfectamente lícito hablar de que “es normal ser neurótico”. Decía que los seres humanos nos movemos entre “la neurosis con su núcleo psicótico secreto” y “las psicosis con su densa franja neurótica“. ¡Y eso incluye a los psicoanalistas!

Entonces, ¿para qué viene la gente a terapia? ¿qué es lo que realmente podemos hacer por ellos? Esperamos aliviar el dolor, pero en esencia queremos ayudarlos a perder esa ceguera que les impide ver aspectos de sí mismos. Esa ceguera que la vergüenza, la culpa y la represión excesiva producen en todos nosotros. Queremos ayudarlos a entenderse y a no juzgarse. A no esperar que las cosas les vengan de fuera y a buscar la fuerza en su interior.

Mi amigo P. dejaría de regalarnos con sus genialidades artísticas si hubiera podido dejar de ser tan histérico. El ha aprendido a verse como tal y con eso ha ganado más libertad. Con esto quiero decir que lo maravilloso del ser humano, la creación artística, la científica, el pensamiento y demás, descansa sobre esta cierta anormalidad que no pretendemos curar. Hacerlo sería como robotizarnos.

Existe un principio en el psicoanálisis que dice que nadie puede analizar a otra persona si no ha pasado él mismo por la experiencia de ser analizado. Para tener pacientes hay que ser paciente primero. Para poder ayudar a otros a tener experiencias de descubrimiento de sí mismo hay que haberlas vivido previamente. Y éste debería ser un proceso continuo, el de descubrirse a sí mismo, para poder distinguir las cosas que son de uno de las que son de los pacientes.

Me veo a mí mismo: hace 20 años tenía la misma vocación de servicio que tengo hoy y sin embargo hoy me siento más completo. ¿Qué es lo que los años de psicoanálisis ha aportado a mi vida? Creo que principalmente me han hecho hacer lo mismo de antes pero más libre de compulsiones y con mayor disfrute. He ido recuperando la capacidad (¿el don?) de elegir porque he ido aprendiendo a verme a mí mismo sin miedo y vergüenza. Todo el tiempo que yo mismo he estado en terapia me han hecho una mejor persona no porque ahora sea más caritativo o cometa menos pecados sino porque he aprendido a ser más libre, a pensar menos en el qué dirán y a entender mejor a los demás. Aprendí a ser feliz por mí mismo y no a esperar que la felicidad venga de fuera. Seguro que hoy hago lo mismo que hacía antes, solo que con más intensidad.